El pequeño Lama Osel
El pequeño Lama Osel

Si hubiésemos tenido la oportunidad de ver la cara de Ana Torroja al leer el periódico esta mañana, seguro que hubiese venido acompañada de un “¡Ay, Dalai!”. Ojeando las páginas de El Mundo, hemos podido encontrar una noticia como poco curiosa: la reencarnación del Dalai Lama, Osel, se hace agnóstico. A todos los españoles, en especial a los Granadinos, nos suena éste nombre: Osel era el niño que con tan sólo 14 meses de vida fue reconocido como la reencarnación del mismísimo Lama Yeshe. Ahora, Osel tiene 24 años, vive en Madrid, estudia para trabajar en la industria del cine y declara que todos los años (18) que pasó enclaustrado entre monjes budistas sólo han conseguido que ahora esté “desnortado”  y sin una infancia que le sirva de referencia: el budismo, ¡oh paradoja de la vida moderna!, le robó la infancia a un niño sin darle la oportunidad de elegir.

La historia mediática de Osel se remonta al año 1987, cuando todas las grandes cabeceras nacionales se hicieron eco de una única noticia: un niño granadino de dos años era coronado y venerado en la tierra de los Lamas. Durante una ostentosa ceremonia de dos horas y media, monjes y monjas budistas tocaban los timbales y llevaban sus ofrendas (¿incienso, mirra?) al trono del nuevo líder. ¿Alguien se molestó en mirar qué hacía el máximo afectado? Osel Hita Torres, desde entonces Tenzin Osel Rimpoché, lloraba desconsoladamente, al grito de “¡No, no!” mientras chupaba un caramelo. Las máximas autoridades budistas se apresuraron a dar las pertinentes explicaciones: “La reencarnación es manifiesta si uno conoce a las dos personalidades. La de Osel es muy fuerte para ser un niño pequeño, es la mente de una persona de cuarenta años en el cuerpo de un bebé, su prestancia y algunos de sus gestos son iguales a los de Yeshe”. (Lennie Kronisch). Tenemos, por tanto, una historia digna de largometraje estadounidense: los padres de Osel, budistas practicantes, descubren que tienen un hijo que no es sino la reencarnación del mismísimo Lama Yeshe, y cambian su infancia y su vida por el bienestar de la religión budista: entregan su hijo al mundo.

Pero, como sucede siempre, la historia no es tan simple y fácil de entender. María Torres, madre del pequeño Lama, estaba completamente convencida de que “donar” a su hijo por una causa mayor había sido una decisión sabia y justa. En 1995, en una entrevista a El País, María aseguraba que, desde que era muy pequeño, Osel era hijo de mucha más gente que de ella misma: “Desde los cuatro años me mandaba comprar postales para otros niños. Mi hijo no era mío, debía compartirlo; mi maestro, el Lama Yeshe, me había elegido a mí para reencarnarse”. Pero en 1993, Osel manda una cinta a su madre en la que implora que le saque de allí, y ella decide sacar a su hijo del monasterio y llevarle de vuelta a su Bubión natal. De ahí, Osel vuela a Londres

Osel, en 1996.

Osel, en 1996.

a vivir una temporada con su padre, quien finalmente decide devolverlo a manos de los monjes, si bien con ciertos cambios: deciden mandar con él a otro de sus hijos, Kunkyen, para que no crezca tan aislado y rodeado de personas adultas que únicamente le veneran y le “consienten”. Matizando, su madre quería que “Osel sea una persona maravillosa y continúe la obra de Yeshe, pero no quiero que aprenda la cultura tibetana, él ya tiene la suya: la europea, la española”. El acuerdo original entre la madre y la religión fue que el niño vendría a España al menos una vez al año.

Con el tiempo, fuimos recibiendo noticias de la evolución del célebre Osel. Y fuimos descubriendo elementos nuevos de su vida, unos elementos que hubiesen empañado un poco la divina imagen que los budistas pretendían dar sobre éste tema. El hombre que fuera su tutor desde los seis hasta los ocho años, Juan Manzanera, alegaba que el suceso de la cinta “No era más que una pataleta de niño pequeño, él jugaba los fines de semana con otros niños reencarnados. Durante unos meses tuvo rabietas y preguntaba por su madre… cosas de niños”. A los trece años, Osel se declaraba fan de Michael Jackson y de Mecano, sabía esquiar y le entusiasmaban los pantalones vaqueros. Le encantaba ver la televisión, hasta los anuncios, y no le agradaba hablar en público porque no sabía qué decir.

Osel, en la actualidad.

Osel, en la actualidad.

A los dieciocho años, Osel decide colgar la túnica naranja y volver a la Península. En la actualidad, vive en Madrid, tiene pareja, quiere estudiar cine y guarda buenos recuerdos en forma de marca de alguna que otra manifestación en contra de la guerra de Iraq. En definitiva, señoras y señores, y por increíble que parezca, Osel ha conseguido ser una persona normal. O, mejor dicho, libre, libre de hacer lo que él quiera con su vida.

En un principio, toda ésta noticia no debería pasar de ser una curiosidad dentro de la rareza de las propias religiones. Pero me impacta especialmente el aura que se ha tejido en torno a él, como de “eterno sacrificio” y “en favor del bien mayor”. Siendo un poco pragmáticos, todo esto tiene una lectura muy simple: ATROCIDAD. Un niños que, con apenas un año, es arrancado de su ciudad natal y enclaustrado en un monasterio con 2.000 monjes, no tiene otro nombre. Pero claro, es un hecho dificilmente criticable si tenemos en cuenta que lleva el apellido “budista”. Entonces se convierte en una Atrocidad Budista. Y si buscamos el término en el Diccionario Panhispánico de Dudas, parece ser que es un sinónimo conveniente de “Acto noble y que goza de reconocimiento internacional”. Es una realidad que la religión budista siempre ha tenido ese halo de ser la religión del “buen rollito”, de la paz del amor y del hippismo. De hecho, la frase popular utilizada en situaciones de gran estrés es “Yo, a este paso, me voy a hacer budista”. Pero, ¡señoras y señores!, los budistas han martirizado a un niño, al más puro estilo de las sectas oscuras de “El Señor de los Anillos” o de los preparadores físicos de gimnastas chinos. Y su madre, por muchas veces que quisiera que su hijo jugase con otros niños, fue la primera en “venderlo” a una religión. Lo que engaña es la constante sensación de haberlo hecho “por el bien de la humanidad”.

Ahora, por suerte para las conciencias budistas y maternas, Osel es un veinteañero que hace lo que todo veinteañero tiene que hacer: tener sus inquietudes intelectuales, políticas, salir a tomar algo… su madurez ha sido tal, que a los 18 años decidió cambiar una vida de veneración por una de pagar hipotecas.

Yo, personalmente, saco alguna que otra lectura de ésto. En primer lugar, no hay que fiarse de las apariencias: la religión budista siempre ha parecido la oveja negra de las religiones monoteístas a gran escala, buscando ante todo la paz mundial, el amor, las flores y el abrazar árboles. Pero las raíces son las raíces, y de vez en cuando nos encontramos con una caída de máscara como ésta, en la que los simpáticos monjes naranjas encierran a un niño durante 18 años, catalogando el deseo de ver a su madre como “una chiquillada”. No se en su pueblo, pero en el mío se llama CRIMEN. 

Simplemente quiero manifestar mi alegría por que Osel pueda, finalmente, llevar una vida libre de elementos que no ha tenido opción de elegir. 

Enlaces a noticias sobre Osel:

  • El niño Lama se hace agnóstico: El Mundo
  • Entrevista con Osel: Reportajes
  • Noticia del entronamiento de Osel, 1987: El País
  • Entrevista a María, madre de Osel, 1995: El País
  • Reportaje-entrevista con la madre de Osel, 1995: El Mundo
  • Reportaje sobre la evolución de Osel, 1998: El Mundo
  • Reportaje sobre la adolescencia de Osel, 2000: El Mundo
  • Noticia de la decisión de Osel de trabajar en el cine, 2007: El Mundo

Una respuesta para “El Dalai Lama se convierte en cineasta”

  1. Alicia escribió

    Laa religión budista será de muy buen rollito. Así lo considera mucha gente. Pero lo que hicieron con el pobre Osel fue una venta de niños (por parte de sus padres)y retención en contra de su voluntad durante 18 años (por parte de los budistas con el consentimiento de sus padres). Y todo ¿para qué?: fama, dinero, estupidez, padres con cerebros blandos? Espero, porque lo merece, que Osel se convierta en una persona normal, ya que no lo pudo ser de niño, y que dé la espalda a sus padres, porque también lo merecen, aunque no lo hayan hecho por maldad. La estupidez es una forma de maldad.
    Saludos.

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